El momento actual que vivimos, inmersos en una grave pandemia, cuyas consecuencias sanitarias y económicas están afectando a toda la población española y, por ende, a la de Guadalajara, está obligando a nuestras administraciones públicas y a sus representantes a tomar medidas de todo tipo, tendentes a resolver esta crítica situación. Si diésemos un salto hacia atrás en el tiempo y nos situásemos a finales del siglo XVI, nos encontraríamos inmersos en unos problemas muy parecidos a los actuales, pero en aquella ocasión a causa de la peste, enfermedad que provocó una gran mortandad en nuestra provincia y que propició una grave crisis económica posterior que hundió en la miseria a su población durante mucho tiempo. En esta ocasión nos centraremos en la ciudad de Guadalajara y analizaremos de forma breve cómo se actuó y qué pasos se dieron para frenar aquella epidemia por parte de su Concejo y que guardan mucha relación con las medidas que se están tomando hoy en día ante el Covid19. Resulta curioso observar lo parecidas que son, salvando las distancias, las decisiones tomadas en ambas circunstancias para solventar un grave problema de contagio masivo de la población.

La noticia de que había peste en Castilla llegó a Guadalajara en 1597, lo que obligó al Concejo a tomar una serie de medidas tendentes a evitar su propagación en la ciudad. Entre las más importantes, nos vamos a fijar, en concreto, en dos. La primera consistió en prohibir la entrada en Guadalajara a los forasteros y, la segunda, la creación de dos hospitales para la atención de los enfermos. La primera medida era fácil de poner en práctica, ya que por esa fecha la ciudad estaba amurallada y sólo se podía acceder a ella a través de sus puertas principales o por los portillos. Por lo que se decretó, en un primer momento, el cierre inmediato de todos estos portillos y que se pusiesen guardas en las puertas principales. La rapidez con la que se actuó en ese momento debemos de considerarlo como la principal causa de que la peste no apareciese en Guadalajara hasta el mes de mayo de 1599, fecha en la que ya se había extendido esta por toda la comarca, ocasionando una gran mortandad en pueblos como Marchamalo, Chiloeches o Yunquera de Henares, por poner alguno de los pueblos afectados más importantes.

Ante lo que ya parecía inevitable, el contagio de sus vecinos, el Concejo endureció las medidas, cerrando y tapiando no solamente los portillos, sino también algunas de sus puertas principales, como las del Mercado, de la Feria o de Postigo. Sólo quedaron abiertas las puertas de Bejanque y la del Puente, puerta esta situada sobre el puente del río Henares, pero vigiladas por dos guardas cada una de ellas.

En junio, todavía el número de afectados debía ser muy escaso o al menos el Concejo no le daba la importancia que tenía, ya que permitió la celebración de una procesión entre la ermita de San Sebastián (actual capilla de los Maristas) y la de San Roque, portando las imágenes de ambos santos intercesores ante la peste y acompañadas por los miembros del Concejo, el cabildo de clérigos y abades de la ciudad, por las órdenes religiosas existentes en ella y por un grupo de chirimías, trompetas y atabales, en agradecimiento de esta poca incidencia que estaba teniendo la peste en Guadalajara y porque esta no incidiera mucho entre su vecindario.

Poco después y ante el incremento de apestados el corregidor junto a los regidores encargados de la prevención de la salud, convocaron a una junta de médicos para que ofreciesen una solución a lo que estaba sucediendo. Tras escuchar su opinión se optó por la fundación de dos hospitales que se encargasen de la atención de los apestados. En principio, los regidores todavía insistían en que la ciudad estaba libre de contagio; de hecho contaban con un hospital, el de la Misericordia, una especie de hospital general de la época, (situado en la actual calle de San Juan de Dios), en el que se curaban todo tipo de enfermedades ordinarias. Sin embargo, ante la epidemia que se avecinaba y como prevención para que no se contagiasen los vecinos de la ciudad, no tuvieron más remedio que aceptar la fundación de un hospital en la casa y palomar que había sido propiedad de Álvaro de Montalvo, situado junto a la ermita de San Roque e, incluso, en la propia ermita, y que se destinasen para la curación de los enfermos, tanto a los de Guadalajara como a los forasteros.

Aquella fundación, sin embargo, no era suficiente para atender el elevado número de contagiados, por lo que la Junta de médicos fundó uno nuevo, mayor que el anterior y en mejores condiciones higiénicas para su curación. El lugar elegido fue la ermita de Nuestra Señora de Afuera, que estaba situada más allá del puente, en las proximidades de la actual carretera de Fontanar, ya que la consideraban como una casa capaz para curar enfermos y porque había casas a su alrededor que podían destinarse para el descanso de los sirvientes y como un lugar apropiado para administrar los santos sacramentos. Para ello se la proveyó de todo lo necesario, como médico, cirujano, botica, barbero, ropas limpias, así como de suficientes camas.

Mientras esto sucedía fuera de la ciudad, en su interior también se adoptaron diversas medidas dirigidas a paliar el efecto de la epidemia. Se acordó, por ejemplo, que para evitar el olor a pestilencia que había en sus calles se cortasen en el monte cien cargas de enebro, sauce, lentisco, romero y otras hierbas olorosas y que se distribuyesen por las puertas y plazas más importantes de la ciudad. Y, por otra parte, se mandaron a un regidor y a un clérigo para que visitasen las casas de la gente más pobre y comprobasen si estas las tenían limpias, así como sus ropas y para darles, en el caso de que lo necesitasen, una limosna para que comprasen comida y productos destinados a la limpieza de sus casas.

Gracias a los cuidados recibidos en los hospitales muchos enfermos mejoraron notablemente, por lo que fueron enviados a sus casas, una vez que ya no estaban contagiados, para que allí siguiesen el período de convalecencia. Asimismo, a los forasteros que habían sido atendidos y ya una vez recuperados, y con certificación médica, se les daba permiso para volver a sus pueblos; pero antes de salir de la ciudad, todavía recibían una última atención, ya que se les cortaba el pelo, se les daba un vestido nuevo y comida para el viaje.

Todas aquellas medidas, inicialmente, se pusieron en marcha financiadas mediante limosnas, pero pronto se dieron cuenta de que con esta ayuda no era suficiente, que se necesitaba de una importante inyección económica, como se diría hoy en día, especialmente, para comprar la comida y pagar a todos los que trabajaban en estos hospitales. Para solucionarlo se pidió dinero, en primer lugar, al cabildo de clérigos y beneficiados de la ciudad; que no dudó en entregar 800 ducados para la curación de estos enfermos, procedentes de una fundación, al mismo tiempo que se designaba a un clérigo para que se ocupase de dar los santos sacramentos a los enfermos. Pero eran tantas las necesidades que este dinero no era suficiente para atender tanta necesidad, por lo que se solicitó un préstamo de 500 ducados al pósito, una institución municipal que administraba el grano, para que no faltase en tiempos de carestía, pero que al final terminó convirtiéndose en una especie de sucursal bancaria. A esta cantidad se le unieron otros 1000 ducados, obtenidos a préstamo, destinados a la fundación de los dos hospitales mencionados. Si a estas cantidades unimos los gastos ocasionados por el cierre de puertas y portillos, pago de salarios, gastos extraordinarios, resulta que al final la ciudad se endeudó en cerca de 3.500 ducados, que se añadirían a la ya larga lista de deudas que esta tenía y que la metió de lleno en una grave crisis económica de la que tardó en recuperarse.

Finalmente, y tras el cierre de los hospitales y del despido del cirujano, hubo un pequeño repunte de casos de personas que enfermaban que, al haberse cerrado los hospitales, se curaban en sus casas y en un albergue que tenía la ciudad habilitado para ello. Estos nuevos enfermos eran de condición muy humilde, apenas si podían comprar comida, por lo que la ciudad acordó, aprovechando la experiencia anterior, que todos estos enfermos se llevasen al mencionado albergue y allí fuesen atendidos por varios oficiales, que se ocupasen de darles de comer, de entregarles ropas limpias, aunque no se contrató ya a un cirujano, al considerar que con estas medidas eran suficientes para detener los nuevos brotes de peste.

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