Quizá mis textos puedan ser nostálgicos, pero yo no lo soy nada en mi vida: pierdo poco tiempo mirando al pasado y menos todavía pensando en el futuro. Vivo completamente en el presente, día tras día. Por eso, supongo, nunca había vuelto a ver imágenes de aquellos partidos del Deportivo Guadalajara en Las Palmas hace trece años y en Miranda de Ebro hace nueve, y mucho menos todavía se me había pasado por la cabeza volver a leer los textos que escribí esos días, los especiales que hicimos mis compañeros de la sección de Deportes y yo en el extinto periódico Guadalajara Dosmil para festejar ambas efemérides. Tampoco, de hecho, me había dado cuenta hasta ahora, con la profundidad que concede la perspectiva y el paso del tiempo, de lo privilegiado que fui al poder vivir de cerca esos momentos gracias a mi profesión, gracias a que gasté años y años de mi juventud en el periodismo local antes de decidir que había llegado el momento de tomarme un descanso, de alejarme de Guadalajara y de su provincia, de saltar al periodismo nacional para poder volver a respirar.

Pero, al igual que sucedió en esos dos encuentros, estoy escribiendo este texto a finales del mes de junio y, aunque sea de forma momentánea, creo que puedo permitirme por una vez dejar de pensar en el presente y que me asalten los recuerdos, sobre todo aquellos que fueron dichosos, alegres, inolvidables.

En cualquier caso, lo que más recuerdo de esos partidos no es un sentimiento festivo, sino, por mucho, el sufrimiento, la agonía entre sudor y calor de centenares de aficionados con camisetas moradas que veían demasiado cerca la posibilidad de que sus anhelos se cumplieran, pero también el gol del rival que destrozara sus sueños, que los despedazara en mil pedazos. En Las Palmas, por ejemplo, en aquel partido en el que el Dépor podía abandonar la Tercera División después de 45 años militando en ella, en aquella oportunidad en la que el club alcarreño podía ascender a Segunda División B tras sesenta años de historia y hacer que Guadalajara dejara de ser la única provincia española que nunca había tenido un equipo de fútbol más allá de la citada Tercera División, el conjunto entrenado por Yoyo Ocaña apenas llegó a la portería contraria en la primera mitad y el filial de la U.D. Las Palmas gozó de varias oportunidades para adelantarse en el marcador.

Alguien que no estuviera ese día en el Municipal Pepe Gonçalvez de Las Palmas de Gran Canaria quizá podría pensar que el sufrimiento se disipó tras el gol de Braulio en el minuto 52, después de ese pase en largo de Jorge, pero la realidad fue completamente diferente: apenas seis minutos después, Casanova cabeceó en el segundo palo un córner botado por Dani Castellano y, de ahí al final, el sufrimiento alcanzó el nivel de posible infarto de miocardio. Cada falta lateral de los canarios pudo convertirse en el tanto hipotético que enviaba el encuentro a la prórroga. Cada balón colgado al área deportivista vino acompañado del rezo, unánime y suplicante, de los más de dos centenares de aficionados que habían aterrizado horas antes en esa isla desde Guadalajara para poder ser parte de la historia. Cada expulsión (Carreño, por los locales, y Juanchu, por los guadalajareños, además de ambos entrenadores) alargó la angustia, la ansiedad, la congoja, la aflicción.

Pero el ascenso llegó, vaya sí llegó, y también la felicidad desbordante, la algazara inusitada, hasta entonces prácticamente desconocida, de una afición, la deportivista, que, aunque esa mañana de junio todavía no lo sabía, se pasaría los siguientes años yendo de alegría en alegría… hasta la Segunda División.

Esa tarde en Anduva

Si tuviera que elegir un estadio para ascender a Segunda División, sin duda escogería el viejo Anduva, pequeño, anticuado, con encanto. Esa tarde en Miranda de Ebro (ya sabéis de sobra la tarde a la que me refiero porque, en realidad, no existe otra tarde para los aficionados deportivistas), en ese estadio tan diferente al Municipal Pepe Gonçalvez de Las Palmas de Gran Canaria, el calor, sin embargo, también fue sofocante, al igual que el sufrimiento, ahogante y oprimente. El de más seis mil personas, entre ellas, más de medio millar de alcarreños, que representaban los deseos de dos ciudades y de dos clubes que merecían alcanzar la ansiada recompensa, el premio deseado, pero que únicamente una de ellas podía lograrlo.

Lo consiguió el Dépor, a sus 64 años de vida, con toda una provincia esperando ese ascenso desde hacía una década, porque, de Huesca a Villarreal, de Las Palmas a Miranda de Ebro, sus éxitos más recordados siempre sucedieron a kilómetros de distancia de la ribera del Henares, lejos del hogar, como abrazos que se estrecharon en diferido.

Pese a ello, ese partido en Anduva tampoco fue de fanfarria y confeti, sino una nueva oda al sufrimiento, por momentos una elegía, un encuentro de múltiples estados de ánimo, de distintas polaridades, de aristas pronunciadas. El gol de Candelas en la primera mitad no varió el plan del conjunto entrenado por Carlos Terrazas, que ya sabía que tenía que marcar dos goles para ascender tras el tanto, en esa contra en el minuto 89 con un jugador menos, que Pablo Infante había logrado para los mirandesistas siete días antes en el Pedro Escartín. El Dépor, como en tantos centros al área cuatro años atrás en Las Palmas, se salvó varias veces de ser definitivamente ajusticiado y comenzó a creer en la remontada, cada segundo que pasaba más todavía, desde la posesión del esférico. El empate de Juanjo, en ese córner en el minuto 72 que Javi Barral prolongó de cabeza, no hizo nada más que certificar esa certeza, que llegó impuesta por la fuerza aplastante de la lógica, del destino, de lo inevitable, trece minutos después, en ese penalti de Wilfred a Aníbal que el pie izquierdo de Ernesto, guiado por decenas de miles de personas en Guadalajara y también por medio millar más en esa grada de ese campo en Miranda de Ebro, convirtió acto seguido desde los once metros en el gol definitivo, en éxtasis, en la unión inexplicable, íntima e irracional de una afición con la felicidad plena, con el estado de perfección absoluta.

Fue, en efecto, la cumbre, el pináculo, la cima, el clímax de una calurosa tarde del mes de junio, otra más, en un estadio, Anduva, que de repente se quedó en silencio salvo por el ruido de las lágrimas de alegría y estupefacción que caían de las incrédulas caras, en todas y cada una de ellas, de los aficionados que formaban esa masa uniforme de color morado alineada en una esquina del campo, los mismos que no habían parado de gritar desde media hora antes del inicio del encuentro. A partir de entonces, de hecho, a partir de ese gol icónico de Ernesto y hasta que transcurrieron bastantes días después, lo que sucedió nos pareció a todos nosotros estar más difuminado, anestesiado por los efectos de la serotonina en nuestros cuerpos, quizá también por la falta de sueño y por el cansancio acumulado. La tensión defensiva en el asedio mirandesista de los últimos diez minutos tras el citado gol de Ernesto. La celebración sobre el césped. El viaje de vuelta a Guadalajara. Los centenares de aficionados que recibieron al equipo en la fuente de Bejanque aunque ya era bien entrada la madrugada. La mañana siguiente en la que los alcarreños flipamos viendo nuestras caras en la portada del As. Las más de cinco mil personas que abarrotaron la Plaza Mayor para festejar que Guadalajara tenía, por fin, para creyentes y también para incrédulos, un equipo de Segunda División.

Aquel ascenso, el segundo en apenas cuatro años, ha sido hasta ahora el último ascenso de un Dépor que, todos nosotros conocemos por desgracia lo que sucedió a continuación, apenas un lustro después regresó de nuevo a la Tercera División, pero que, precisamente, podría volver otra vez a Segunda B en el play-off de ascenso que se disputará a partir del 18 de julio en Alcázar de San Juan.

Ojalá el Dépor ascendiera.

Sería, una vez más, lo mejor para todos, para Guadalajara, para la provincia.

Os lo digo yo que llevo sin poder entrar al Pedro Escartín desde hace más de cuatro años ya, desde el último día que trabajé en el Club Deportivo Guadalajara después de presentar mi renuncia irrevocable, porque, aunque siempre vivas en el presente, no te adelantes al futuro y apenas mires al pasado, hay heridas que tardan demasiado tiempo en cicatrizar.

Sergio Alberruche

Habla Comunicación Corporativa

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